Por qué necesitamos una nueva Constitución en Chile

Por:

Ricardo Sanzana Oteíza
07/11/2019

Es un código extemporáneo y regresivo. Un cuerpo normativo de la Nación, sin la Nación (entendiendo por tal la esencia de una sociedad con objetivos comunes, unidos por un pasado y un proyecto futuro representativo de la gran mayoría).

Durante 4 décadas, la actual Constitución que nos rige ha tenido un sitial de preponderancia, definiendo el devenir de -al menos- 2 generaciones. Fue elaborada en los 80’ por un consejo integrado por personas de exclusiva confianza de la Junta Militar, para sustentar un modelo autoritario en cuanto a lo político, y neoliberal respecto a lo económico. Además, contó con disposiciones transitorias que pretendieron suplir la ausencia de legitimidad en su origen. Otro tanto ocurre con el plebiscito de 1980, el que, sin ley electoral, partidos políticos proscritos y prensa prohibida bajo censura, fue solo una burda imitación de un acto de legitimación soberana.

Si bien es efectivo que nuestra carta fundamental ha experimentado reformas, como muchos lo han querido hacer presente en los últimos días, especialmente a través de Redes Sociales; ésta aún conserva su carácter: Fue concebida para un Estado burocrático, centralista y sin opciones de participación ciudadana en decisiones de corte político, donde no se recogen valores esenciales como la multiculturalidad, solidaridad e igualdad y a la que le es totalmente ajeno el concepto de enfoque de derechos sociales, entregándose plenamente al Principio de Subsidiaridad del Estado y a la protección de la propiedad como fin último. En resumen, un código extemporáneo y regresivo. Un cuerpo normativo de la Nación, sin la Nación (entendiendo por tal la esencia de una sociedad con objetivos comunes, unidos por un pasado y un proyecto futuro representativo de la gran mayoría).

Para comprenderlo mejor, expliquémoslo con un ejemplo: ¿Se acuerdan de esa señora de la casa de la esquina, la que nos quitaba las pelotas y no las devolvía, que gustaba del conventilleo y de tratar mal a los vecinos, no dejaba que los niños jugaran y era lo que podríamos llamar, una persona amarga? Resulta que un día esa misma señora se “enchuló”, se estiró la cara, se tiño el pelo y mejoró su apariencia; pero en el fondo, seguía siendo la misma persona amarga de siempre. Bueno, esa es nuestra Constitución y para cambiarla tenemos que perder el miedo al diálogo, modificándola a través de una Asamblea Constituyente que nos represente como sociedad libre y pensante.

Esta es la deuda histórica que la norma constitucional vigente tiene con el orden institucional democrático del país, que ha sido incapaz de visibilizar los cambios de la sociedad en que vivimos y renuente al desarrollo de un estado social y democrático de derechos humanos.

Por ello, realizar un plebiscito que nos permita participar soberanamente de su configuración, en la que se consigne el sentir de miles de chilenos que durante los últimos días han participado activamente en conversatorios y cabildos, es uno de los caminos. El otro, promover un proceso constituyente de amplia renovación democrática, con enfoque de derechos, que nos posicione finalmente como un país coherente con las demandas de su pueblo.

En fin, modificaciones y participación que nos lleven a Adoptar y no Adaptar, un nuevo Pacto Social, plasmado en un cuerpo representativo de la voluntad soberana y sus demandas. Esas mismas demandas que detonaron tras el simple salto de un joven, sobre una barra metálica, para evadir $30 de alza en un boleto del Metro.