Relatos: Es cuestión de Fé

Por:

Patricio Barrios Alday
25/03/2020

Amparado en la oscuridad, cual terrorista entrenado en las escuelas del ETA vasco o del peruano Sendero Luminoso, iba escondiéndose en callejuelas olvidadas del pavimento y del alumbrado público

Sus gastados zapatos hacían barro por todos lados mientras su cuerpo entero se sacudía en el miedo de ser descubierto con semejante encargo.

Si hubiese tenido que colocar una sola. Pero no, eran ochenta y nueve. Ni una más ni una menos. Y más encima, en la población donde todos lo conocían de pequeño. (Si al Juanito, el hijo del almacenero de la esquina, lo conozco desde siempre, si con el hermano de la Soledad, que sale todas las noches a recorrer el centro cargada a la pintura y con ropa bien apretada, somos uña y mugre, si con la sobrina de la presidenta de la Junta de Vecinos estamos casi pololeando). Y todos estaban en su lista. Esa terrible lista que le había entregado su propia madre.

Su madre tenía la culpa de todo. Era joven la Irene, pero el abandono del hombre amado y los duros años de la crianza del Ernesto, le habían quitado brillo a sus ojos y agregado sombras a sus sueños. Los rezos no escuchados, los favores no concedidos, la hicieron peregrinar de un templo a otro, de un pastor a un sacerdote, de un catequista a un dirigente político, de un senador a un alcalde. Era joven la Irene. A pesar de los ojos y de los sueños, sus caderas seguían siendo voluptuosas y sus pechos túrgidos más que deseables. Aunque entregó su cuerpo unas cuantas veces a cambio de mentiras, nunca quiso acompañar a la Soledad en sus bajadas a las calles iluminadas con neón y llenas de autos con conductores que manosean con los ojos (vamos, corazón, súbete, no te vai a arrepentir). Entonces, la Irene predicó en las esquinas, repartió volantes para el candidato de turno, marchó en procesión para Semana Santa, vendió inciensos y estampitas, repartió escapularios, se peleó con todo el mundo por el senador desgastado y aplaudió al alcalde recién electo aún no votando por él. Ahora estaba en otra la Irene. Ya no quería esperar. Quería actuar, asumir protagonismo, dirigir, mandar, obligar.

Y en eso andaba el Ernesto, obligado y asustado como perro apaleado, con esa tremenda responsabilidad sobre sus hombros. Qué le importaba a él la vocación de turno de su madre (apostolado, hijo, apostolado). ¡Le había conocido tantas! Una más, daba lo mismo. Sólo quería verla contenta, escuchar otra vez su risa contagiosa, su canto mañanero alegre, sus palabras cariñosas. Si lo llegaban a pescar no nombraría a la Irene. No. La protegería. Enfrentaría solo la culpa. Para eso era hombre (ahora que ya te salieron pelitos debajo de la guatita, hijo, tú eres el hombre de la casa). No, a su madre no la entregaría. Sería como el jovencito de las películas de vaqueros defendiendo a su amada. Sí, amaba a su madre, por eso se había convertido en el oscuro intermediario que se amparaba en la noche.

Allí estaba, escondido entre los cartones sucios que pretendían imitar una reja antejardín, esperando que se apagaran las luces de la casa del almacenero (pobre, Juanito, ojalá que no le pase nada) para dejar la poderosa carga. Era la última, la número ochenta y nueve. Después de dejar subrepticiamente las otras, no había escuchado nada (estas cuestiones de verdad que deben funcionar en cadena). Ernesto se pegó al muro, contuvo la respiración -le sudaban las manos-, deslizó el pequeño bulto por el piso de tierra y echó a correr con el pelo erizado seguido escandalosamente por un par de perros flacos y malolientes.

El alboroto alertó al almacenero. Abrió la puerta y se encontró con el encargo. Lo abrió lenta y desconfiadamente y leyó las palabras manuscritas que venían en su interior:
“Antes que todo, quiero decirte que la Virgen de Guadalupe es milagrosa. Te acompaña a donde vayas. Esta carta tiene como finalidad dar vueltas continuas.

Deberás hacer 89 copias y repartirlas antes de los 13 días. Cuando lo hagas, recibirás un favor de la Virgen por imposible que sea.

Un ex presidente de Argentina recibió una carta de la Virgen a la que llamó basura… a los 18 días su hijo murió en un accidente.

Un señor recibió la carta, la mandó a reproducir con su secretaria, pero se olvidó de repartirlas… ella perdió su empleo y él a su familia.

Esta carta es milagrosa y sagrada. No te olvides de enviarla antes de los trece días. Recibirás el gran favor que estás necesitando.

(Quien lea esta carta, debe mandarla con mucha Fe)”

4Mientras su hijo seguía corriendo ya casi sin aliento, la Irene anotaba en el sucio calendario de la pared de la cocina que faltaban apenas once días para lograr que volviera el padre de Ernesto.